domingo, 21 de febrero de 2010

Los Genios

Los genios 

Flor Monfort

Estábamos en el auto, yendo al pueblo por camino de tierra, a veinte kilómetros por hora bailando entre los pozos, y yo me puse a gritar por la ventana, puteaba por los diez años juntos, el tiempo que perdí, durmiendo entre las luces de navidad y las fotos de un matrimonio que no, que era para otra persona, otra vida, con otra idea del mundo. Un sistema que se tejió entre risas y tiempos muertos, agujeros negros que se sostienen yendo a comprar sillones y planeado vacaciones en la playa.  
Gritaba por la ventaba del auto, y él empezó a gritar también, decía sos insoportable, decía me das vergüenza.

Mariano y yo nos conocimos a los trece años y a los trece empezamos a decirnos te amo. Ibamos juntos al colegio. Me gustaban sus rulos, su cuerpo lánguido y esa manera suya de pronunciar las palabras, queriéndolas mucho. Nos veíamos en los recreos y nada era inocente; ya pensábamos en reventarnos contra la pared de ladrillos de su casa, pasarnos un helado de palito por la espalda, abrir la boca tan grande para tragarse al otro en cada beso. Queríamos hacer todo juntos, pero de esos primeros años sólo me acuerdo de las pajas sin acabar en las plazas, en la estación tribunales del subte, en el palier de mi edificio.  
Cuando salimos por primera vez, una salida en serio, fuimos al cine un día de semana a la primera función de la tarde. Entre señoras de 70, nos ahogamos en baba y a la salida me acompañó en un taxi a mi casa. Sentimos que teníamos que hablar de algo. El me contó que sus papás se habían separado cuando tenía cinco y como los míos también, nos reímos con los labios inflamados. Su mamá no trabajaba: hacía cursos de música y pintura. Cuando la conocí, un par de semanas después de esa salida, me impresionó la firmeza, sus esquinas huesudas, unos cuarenta entrenados, puntiagudos. Mariano a los quince años, esa edad en que los varones no tienen nada que ver con las madres. Un tiempo después, empezaron a parecerse; madrugadores, el equipo de gente que piensa que dormir es perder el tiempo.

Debutamos juntos, nos cambiamos de colegio en el mismo año, nos fuimos a estatales donde descubrí que te podías vestir con colores en la semana y ponerte la ropa de tu abuela, que quedaba lindo. Nos enamoramos de otras personas pero aguantamos y seguimos, depositando toda la rabia en otra cosa, el fútbol, mucho alcohol, esas miserias. El tiempo pasaba, y cada vez nos daba más miedo salir con otros. Vimos pasar cuatro cinco diez noviazgos en nuestros amigos, vimos cómo lloraban y se retorcían cuando perdían al otro, desaparecían un tiempo y resurgían en otra persona, siempre llevándose algo nuevo, envejeciendo un poco. Pero no comentamos nunca nada. Lo natural, lo original era esta pareja, una roca pesada, un planeta.

Ahora tengo treinta y dos y Mariano viene a visitarme al campo. Es de su familia pero todavía estamos casados, entonces es también mío. De todas formas, en el puro campo, nada es de nadie. El reloj es un fracaso, el pasto no se corta ni se riega y la madera se hincha, pero a nadie le importa porque es el campo, y del campo hasta los ricos esperamos esos problemas. 
Mariano viene con un grupo de amigos, como para reestablecer la normalidad o para no estar solo conmigo. Vienen de sorpresa, un sábado a las nueve de la mañana. Llegan mientras yo estoy en el pueblo. Acá me levanto a las siete porque me da alergia el rocío, y esa mezcla de agua, clorofila y sol que despiden las hojas y que envenena. Me empieza a picar el paladar y la nariz, pero adentro, donde no podés rascarte a menos que metas un alambre, y por la desesperación, de meterte un alambre tenés ganas; y pensando en el alambre y la picazón te levantás de la cama, porque en cuanto te ponés en movimiento se te pasa.  
Hace tres meses que estoy acá. Llegué en septiembre, los caseros no entendieron por qué me instalé en una habitación húmeda de arriba teniendo colchones secos abajo. Pero abajo me daba miedo, abajo estaba mi vida anterior, y yo no quería verla por el momento. Muchos días quisiera volver a mi casa, pero me acuerdo de las contracturas y mi hueco en el sofá, y me olvido. Acá desayuno en el pueblo con una chica que atiende el almacén. Se llama Sara y tiene veintiséis años. Cuando la conocí, quería que fuera una de esas chicas que se escapan de sus casas en otra provincia, para perseguir la libertad que ese entorno no les da, y entonces había caído acá pero por un tiempo, porque tendría planes de irse a la capital a estudiar para ser bailarina. Pero Sara era solemne, seca, siempre con su delantalcito, nunca preguntaba nada sobre mí ni sobre los otros, siempre con las manos en los bolsillos, buscando nada. Me ponía nerviosa, me hacía preguntarme por qué me ponía nerviosa y después me obligaba a quererla un poco: sos mi única amiga, te acepto como sos, te tomo para siempre.  
Un día le regalé mis hebillas, pensaba que le iban a parecer lindas, diferentes de todo lo que ella veía, pero no hizo nada. Yo estaba segura de que me iba a abrazar, que se las iba a poner enseguida, renovada, feliz de haber sido tenida en cuenta por mí, la chica de la ciudad. Una fantasía que me ocupaba tiempo. Pero ella agarró el sobrecito y lo guardó en el cajón donde tenía el cuaderno para hacer las cuentas y me dijo gracias con una media sonrisa. Seguimos tomando mate, que es lo que hacíamos todas las mañanas, y mientras eso pasaba ese sábado, Mariano y su grupo salvador llegaron a Los Genios, el campo de los Verrier.

Volví a las 11 y media, caminando un kilómetro y medio de barro casi naranja, con un perro que me sigue a veces y otras ni me registra, porque así son los perros del campo: no necesitan ese amor incondicional de la urbe, no temen perderse ni quedarse solos, no piden ser acariciados; sólo andan. Cuando pasé la tranquera ahí estaban los cinco autos, estacionados así nomás, formando una especie de símbolo peligroso, como una cruz esvástica pero desprolija. El saludo fue rápido, un beso con todos, nada de abrazos, muchos “ey, volviste” o “cuánto tiempo”. Mariano había elegido a su grupo de gente y no al mío, así que las mujeres eran las mujeres de sus amigos, no mis amigas. Todas fingían esa naturalidad, con sus polleritas de jean y esas túnicas resbalosas, muchas pulseras para hacer ruido, franciscanas y esos aros dorados llenos de cosas, una pirotecnia visual que con el tiempo de no verla me empezó a parecer inútil.

Hacía calor pero nadie se sacaba la ropa. La pileta estaba impecable, sin embargo ninguno de nosotros hizo el intento. Estaban los trajes de baño en los bolsos, yo lo sabía, pero nadie quiso sacarlos. Demasiada tensión para desnudez.

Muchas veces me había dicho que yo le daba vergüenza. Lo decía cuando me quedaba callada en una cena familiar, cuando contestaba mal a sus amigos, cuando me desquiciaba encontrar tantos silencios que destilaban sus ganas de estar con otras minas y cómo esas ganas eran realidades que él no intentaba disimular. Mariano me pidió que lo acompañara al pueblo. En el silencio del trayecto, quise acordarme de algo que hiciera muy bien, algo para lo cual me considerara habilidosa, pero no se me ocurrió nada y empecé a hablar. Mariano dio el volantazo y volvimos al campo, mascullaba cosas, se le había hinchado la mandíbula, le latía un poco. Ahora, él era un tipo más, uno con el que yo había vivido todo lo que podía recordar sin esfuerzo: la primera casa, los viajes de mochila, cualquier hospital que conociera, la dedicación en el sexo. Habíamos hecho todo juntos, pero ahora él era un extraño con la mandíbula hinchada.

Cuando llegamos, sus amigos estaban en el borde de la pileta. Una de las chicas tenía apoyado un brazo en el primer escalón y sumergía la mano en el agua, generando ese efecto de refracción que le doblaba la muñeca. Con la otra mano acariciaba la superficie. Las piletas limpias siempre son promesas. Hablaban en voz baja de una serie nueva, una que todos ven ahora. Los demás estaban semiacostados, algunas parejas abrazadas, todos cuerpos blandos, relajados por la experiencia del campo pero atentos a volver a lo otro, el ruido que tranquiliza. 
Mientras caminaba, Mariano me pidió que fuéramos a buscar a Javier, un peón que cuida los caballos y vive mucho más al fondo. Yo no lo veo casi nunca, a los caballos tampoco, pero lo había conocido un año atrás, cuando vinimos a este mismo campo que ahora es mi casa, para soltar a mi yegua.  
Regalar un caballo es un gesto habitual entre los Verrier. Todas las mujeres de la familia hacen equitación y mi suegro pensó que a mí también me gustaría, entonces me regaló una yegua cuando cumplí 30. Estuvo cuidada siempre, salía carísimo mantenerla y de vez en cuando me preguntaban por ella, pero yo jamás la monté y eso pasó desapercibido, como tantas millones de cosas, tristes o heroicas. De nombre le puse Jamaica, porque sí. Un día fui a verla y me dio tanta pena, toda preparada para que la monten, en un cuartucho del club, que le pedí a Mariano que la lleváramos a Los genios, que la soltáramos ahí y la usáramos para andar cuando fuéramos, porque me habían dicho que era mansa. Ese mismo fin de semana la llevamos, nosotros en el auto y ella en un remolque, todo un despliegue para transportarla en buenas condiciones, como si fuera a competir en destino.  
La ruta estaba mojada, había llovido a la madrugada y el viento entraba por donde podía, helado. Un sábado más de nuestros sábados.  
Cuando llegamos, Mariano habló con Javier, y yo me quedé con Jamaica, tocándole la cara. Todavía estaba llena de aparatos y mantas que le cubrían la montura. Javier se la llevó y no la vimos más. Y ahora, un año después, Mariano quería saber de la yegua, empezó a decir que quería traerla de nuevo al club, entrenarla para que salte con su hermana menor. Todavía le latía la mandíbula y a mí me resonaba el “me das vergüenza” pero no pude decir nada. Él tiene razón: muevo mucho las manos cuando me enojo, exagero la terminación de las palabras; actúo el enojo además de sufrirlo, algo muy común en mi familia.   
Fuimos hasta el fondo del terreno en silencio. Avanzaba una noche fría, los grillos gritaban, las nubes eran flacas, brillantes, y corrían, unas atrás de otras. Sentí que la ropa me pesaba, me sentí como un perro que quiere revolcarse en el pasto sucio pero caminé atrás de mi marido. 
Javier no estaba, pero Jamaica sí, masticando, con el pelo larguísimo, enredado de barro. Una yegua blanca en su reino de aire. La vimos y ella nos miró; un segundo, dos. Más lejos algunas vacas la acompañaban, inmóviles. Mariano se puso las manos en la cintura, le caía agua por la nariz, temblaba. Tenía las mangas de la remera metidas para adentro y las dejó caer. Le miré el anillo, quería saber si todavía lo llevaba puesto.

Se empezó a acercar a la yegua y yo lo seguí. Mariano necesitaba controlar ese momento, y no tener que contemplarlo. Ninguno de los dos había pensado en Jamaica después de traerla a este lugar, pero era evidente que ella había tenido una vida.

Veíamos a Jamaica, veíamos la tarde terminar y las vacas acercarse. Todo pasó muy despacio pero en una leve coreografía la yegua estaba rodeada por las vacas. Mariano estaba más cerca de ellas, y ellas más cerca de Jamaica, hasta que la rodearon y Mariano quedó afuera del círculo. No hubo violencia ni belleza.

Se hizo oscuro del todo y Mariano me agarró de la mano. Caminamos hacia las luces y todos volvieron a la ciudad. 

          

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